Colombia enfrenta hoy un enemigo tan devastador como los cultivos de coca y los grupos ilegales, con una capacidad de destruir territorios enteros y tentáculos dentro y fuera del país: otra economía ilegal, igual o incluso más devastadora, avanzaba sin pausa, con mucha destrucción y ruido: la minería ilegal, especialmente de oro.
Amparada está en el crimen organizado internacional. Minería ilegal que en el Tolima es impulsada por disidencias de las FARC y otras estructuras criminales organizadas, que encontraron en el oro un negocio tan rentable como letal, que arrasa con el ambiente, con la vida comunitaria, la seguridad y con cualquier posibilidad de desarrollo sostenible.
Ataco es hoy el símbolo más doloroso de esa nefasta transformación. Siempre fue un municipio de tardes apacibles y de un momento a otro se convirtió en escenario de inseguridad permanente, de maquinaria pesada y de una población flotante numerosa que alteró la armonía social. Sin duda, no es progreso, es una ruptura del tejido social producto de economías ilícitas.
Y no es solo el Tolima; las cifras nacionales son campanazos de alerta. Solo en el primer semestre de 2025, el Ministerio de Defensa reportó 3.923 minas ilegales intervenidas, un 21,9 % más que en el mismo periodo de 2024. En la última década, 5.247 minas han sido objeto de intervención, con 2024 como el año de mayor actividad operativa; por lo tanto, estas cifras no hablan de éxito, hablan de la dimensión del problema.
La magnitud del fenómeno supera cualquier lectura optimista, porque el verdadero problema es que la minería ilegal se consolida como una economía criminal de gran escala: financia grupos armados, lava dinero, compra maquinaria millonaria, recluta mano de obra, arrasa con los ecosistemas ambientales y afecta gravemente a los mineros formales, artesanales y ancestrales, quienes han vivido históricamente de este oficio y hoy se ven atropellados por estructuras armadas que no reconocen normas ni límites.
Y para colmo de males, el alto precio internacional del oro desató un apetito desbordado, con efectos de tsunami sobre los territorios. De hecho, expertos llegan desde otros lugares, contratados por estos grupos ilegales, para asesorar técnicamente la instalación de verdaderos complejos extractivos, como sucede en el sur del Tolima y seguramente en otras partes de Colombia.
Texto Tomado de: https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/columnista-invitada/oro-ilegal-el-nuevo-germen-de-la-violencia-regional/
